
Ambicionar un premio Nobel de la Paz está de moda. Ya sea que el anhelo venga de un empresario o de un presidente poderoso que repite que lo merece. Tales afanes también los compartió quien fuera el máximo directivo de la FIFA, Joseph Blatter (1998-2015). Su aspiración era un secreto a voces, pero a pregunta expresa respondió con un dejo de modestia:
“Tuvimos reuniones con la organización del Premio Nobel. Yo estuve ahí, y lo que pedimos, lo que realmente pedimos, fue que el Premio Nobel se le otorgara al fútbol, no al hombre. Es al movimiento, para FIFA”.i
Era 2017, Blatter sobrevivía a un catastrófico escándalo de corrupción. Para algunas voces, ese empeño por el Nobel era un disparate, pero para otras no. ¿Por qué? Astutamente apelaba a la función que se le asigna al deporte como catalizador de la paz. Noción impulsada por Pierre de Coubertin, quien recuperó la experiencia del cese de hostilidades durante los Juegos Olímpicos de la Grecia antigua para fundar el olimpismo moderno.
Así, el deporte se desarrolló durante el siglo XX con un halo de gloria por sus supuestas capacidades pacificadoras. De ahí que Juan Antonio Samaranch, expresidente del Comité Olímpico Internacional (1980-2001), también aspirara al Nobel en la década de 1990.
La distinción no llegó, pero queda para el registro.
Más que sólo paz
Reiteremos lo sabido: la FIFA es la federación deportiva más poderosa del planeta. Su ambición se traduce en dinero y en las aclamadas pretensiones de coadyuvar a buenas causas. Ello suma reflectores y críticas a sus quehaceres: las contradicciones son notorias, los alcances se quedan cortos, pero las ganancias son millonarias.
Fue en 1999 cuando la FIFA firmó una alianza con las Naciones Unidas (ONU) para fortalecer la agenda de equidad racial y de género, salud, desarrollo, educación y derechos de los niños. Temas que se integraron a las líneas publicitarias del fútbol.
Hoy, incluso, ya se reflexiona sobre las capacidades de la diplomacia deportiva, ejercida por federaciones, equipos, atletas y marcas al lado de agentes de gobierno y organismos internacionales. La estrategia de la ONU, por ejemplo, ha apuntado a ciertas recetas mediáticas y muestra avidez por sumar a sus causas a instituciones y/o personajes con un probado poder suave -ese que convence sin coerción y que, supuestamente, le sobra al fútbol.
Algunos dirán que su impacto social es real. No podemos dudar de las buenas intenciones de algunos. Otros dirán que se usa para lavar la imagen de la FIFA: mero sportwashing para descentralizar la corrupción del organismo.
Llamaradas esencialistas
El Nobel de la Paz de 1993, Nelson Mandela, advirtió en múltiples ocasiones sobre las bondades del deporte: podía crear esperanza donde sólo había desesperación y era más poderoso que los gobiernos para derribar las barreras de raza. Respaldaba sus dichos en su experiencia en instrumentalizar el rugby para la reconciliación en Sudáfrica y en su propia pasión deportiva:
“Sólo me arrepiento de no haberme convertido en campeón mundial de box”, diría picaresco en Washington D.C.ii
Desafortunadamente, el racismo está lejos de erradicarse. El deporte moderno amplifica este problema que, por otro lado, en los últimos años se ha avivado producto de circunstancias políticas, económicas y sociales del capitalismo tardío. El deporte, por otro lado, exacerba ánimos nacionalistas y características esencialistas de las comunidades imaginadas que integran una nación.
El fútbol no puede contra estas tensiones. Es, además, un mechero de lo que se ha llamado nacionalismo banal, uno que surge como llamarada en un encuentro y desaparece para volver a brotar en otro. Los movimientos antirracistas resisten desde el deporte con playeras, carteles y gestos. El balompié europeo adoptó el gesto del jugador de la NFL Colin Kaepernick: colocar una rodilla en el suelo contra el racismo.
El resultado, ambiguo.
¿Qué gritan los niños?
El deporte ha sido central en impulsar causas feministas. Un improbable cruce que fue admitido con sorpresa allá en la década de 1970. En asuntos raciales los resultados son menos claros; un tema admitido en la literatura especializada.
En el pasado inmediato encontramos situaciones de triste memoria. En agosto de 2021, seguidores del Sparta de Praga entonaron cantos racistas contra un jugador del Mónaco y, en respuesta, la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) sancionó que el siguiente encuentro el club checo lo llevaría a cabo a puerta cerrada.
Dado que dicho partido tendría lugar en su estadio, a última hora se permitió la entrada de 10 mil niños. El objetivo: enviar un mensaje de esperanza.
Nadie esperaba que los menores de 14 años fuesen a reivindicar posturas racistas. Pero eso fue lo que sucedió. La disputa contra los Rangers de Glasgow provocó abucheos e insultos contra Glen Kamara. Meses atrás, este jugador finlandés de origen sierraleonés había sido víctima de ofensas racistas por parte del defensa checo Ondrej Kúdela. Éste fue sancionado por ello y en su estadio los niños le mostraron su apoyo con pancartas.
Las redes sociales explotaron reprobando los gritos de los niños, mientras que la prensa inglesa se sumó a las críticas. El ministro de Relaciones Exteriores de la República Checa mostró su enojo y acusó a los ingleses y a los medios sociales de acosar a los niños al etiquetarlos de racistas.
Lo que siguió fueron imputaciones mutuas: los ingleses y los escoceses tenían un largo historial racista, dijeron los checos. Mientras que desde la Europa occidental se acusó a la Europa central de un racismo arraigado y visible. La situación asemejaba a una película de Tarantino en la que todos los personajes se apuntan con una pistola.
Se hicieron investigaciones y se concluyó que no había pruebas concluyentes de la hostilidad infantil hacia el jugador de piel oscura.
Los cantos racistas persisten en el fútbol.
El giro nostálgico
Junio de 2025, Estados Unidos fue sede del Campeonato Mundial de Clubes en medio de las crecientes detenciones y violaciones de derechos humanos contra migrantes. En este reciente torneo, los estadios carecían de algo: ni un solo cartel de la campaña de la FIFA contra la discriminación y el racismo. Lo que los millones de espectadores vieron fue un mensaje neutro: el fútbol unía al mundo.
El silencio de la FIFA al respecto fue sepulcral. La próxima justa mundialista en Estados Unidos 2026 seguramente genera múltiples tensiones entre los organizadores. Es un asunto evidenciado por activistas que la segunda administración del presidente Trump abrió la puerta al racismo y ha cerrado toda expresión de diversidad, equidad e inclusión. Los letreros del movimiento Black Lives Matter han sido borrados de las calles.
El fútbol sirve a Trump de escaparate mundial. Otra plataforma más para evidenciar algo que piensa: merece el Nobel de la Paz. No es el primero ni el último líder en subirse a la fama futbolera; poco importa lo ajeno que él sea a este deporte. La FIFA concede, lo llama campeón, mientras mayorías despiertan nostalgias de un país que imaginan anglosajón. No son los únicos en pensar en limpiezas de raza.
En Europa Central ser liberal y pro-globalización merece la condena de líderes de derecha y sus crecientes seguidores. No obstante, tejen redes globales y repiten las mismas consignas. No sólo es el color de piel, es la religión, las costumbres o el idioma. La manera de jugar al fútbol.
En redes sociales, voces de distintas latitudes hablan con nostalgia sobre purezas. Esencialismos que apelan al “así éramos antes que…”. Un autodefinido madrilista coloca un video de la selección italiana de 2006. Alaba ver al “último vestigio de una civilización superior como fueron los romanos llevado al Fútbol. Mirad los rostros de hombres orgullosos. Los peinados. Sin tatuajes”.
Los insultos por tal comentario, no se hicieron esperar. ¿El mayor reclamo al autor? Su supuesta homosexualidad. Del racismo implícito casi nada. Las paradojas surgen sin parar. El fútbol reclama para sí la retórica de la paz y la de la guerra. Es Grecia y es Roma. Es democrático e imperial. Incluyente y masculino. Global y local. Es un continuo giro de 180 grados, a la marsellesa.
Fue el último vestigio de una civilización superior como fueron los romanos llevado al Fútbol.
— Don Shelby (@DonShelby_) September 8, 2025
Mirad los rostros de hombres orgullosos. Los peinados. Sin tatuajes. pic.twitter.com/cZat2wDUNI
i David Conn, “Sepp Blatter after the fall: ‘Why the hell should I bear all the blame”, The Guardian, 19 de junio 20017, en https://www.theguardian.com/football/2017/jun/19/sepp-blatter-fifa-president-corruption-, visto 13 de septiembre 2025.
ii Nelson Mandela (2012), Notes to the Future. Words of Wisdom. Introduction by Desmond Tutu, Simon and Schuster, New York, London, Toronto.




