Memorias del Mundial: Amarildos

De bicampeón al 7×1: no todos los Amarildos son tratados como héroes nacionales

Foto: Eslogan «Cadê o Amarildo» (¿Dónde está Amarildo?) pintado en una cabina policial en São Paulo durante una protesta contra la Copa del Mundo Fifa en 2014. Créditos: Raphael Sanz.

Quienes conocen el fútbol brasileño después de 1994 o 2002 no pueden imaginar todas las frustraciones que sufrió la Canarinha antes de convertirse en la camiseta más ganadora del planeta. Y la principal de esas frustraciones ocurrió precisamente en 1950, cuando el país fue sede de la Copa del Mundo por primera vez. Derrotado por la pequeña y poderosa Celeste Olímpica (Uruguay), Brasil se sumió en una profunda tristeza.

Hay un famoso relato de Eduardo Galeano en Fútbol a sol y sombra, en el que cuenta que el capitán uruguayo Obdulio Varela, al salir por las noches de Río de Janeiro, se sentía avergonzado por la tristeza que él mismo (y sus compañeros) habían causado allí. En lugar de celebrar, prefirió beber con los derrotados.

Pero el fútbol brasileño supo aprender de la derrota y, en los años siguientes, formó la generación que ganaría los primeros mundiales, empezando por la histórica goleada en la final de 1958 contra la anfitriona Suecia. El título tuvo como protagonista a un joven de 17 años llamado Edson Arantes do Nascimento, el Pelé. Fue la redención brasileña tras el Maracanazo impuesto por los uruguayos.

Amarildo héroe nacional

Cuatro años después, la Copa se celebraría en Chile y había que defender el título. Pero Pelé, con 21 años, se lesionó en la fase de grupos, en el segundo partido del torneo, frente a Checoslovaquia, que terminó en empate sin goles.

El siguiente partido contra España era una cuestión de vida o muerte y el sustituto del Rey Pelé fue un verdadero drama nacional transmitido (casi) en vivo por la radio. ¿Quién acompañaría a estrellas como Garrincha, Vavá y Zagallo? Un debate nacional.

Después de mucha discusión, dentro y fuera de la cancha, la decisión fue por Amarildo, atleta de Botafogo. Marcó dos goles contra los españoles, dando la vuelta al partido y clasificando a la selección brasileña.

Brasil venció entonces a Inglaterra y Chile sin goles de Amarildo (Vavá, Zagallo y Garrincha se encargaron de los tantos), llegando a la final en un nuevo partido contra Checoslovaquia.

Los adversarios marcaron el primer gol, pero Amarildo estaba en el campo para empatar la decisión y dar tranquilidad a la selección brasileña. Zito y Vavá se encargarían de marcar los goles que darían a Brasil su segundo Mundial.

Amarildo se convirtió en un héroe nacional junto con sus compañeros. Pero no todos los Amarildos tendrán esa misma suerte en Brasil.

Otro Amarildo

Justo un año antes de la final del Mundial de 2014, el primero que acogió Brasil desde el Maracanazo; en el mismo Río de Janeiro donde se enfrentaron Alemania y Argentina; y a unos 15 kilómetros del Maracaná, el albañil Amarildo Dias de Souza, de 48 años, desapareció en la favela de Rocinha, la más grande del país en ese momento (hoy superada por Sol Nascente, en Brasilia).

Séptimo entre doce hermanos, su papá era pescador y su mamá trabajaba como empleada doméstica en casas de gente rica. Analfabeto, solo sabía escribir su propio nombre y empezó a trabajar a los 12 años vendiendo limones en las calles. Vivía con su esposa Elisabeth Gomes y sus seis hijos en una casa de una sola habitación.

Apodado «boi» (buey) en la comunidad, era conocido por los vecinos por ser alguien que trabajaba demasiado. Había nacido y crecido en Rocinha.

Operación Paz Armada

Eran los tiempos en que el progresismo —estábamos en el primer gobierno de Dilma Rousseff (2011-2014)— prometía «pacificar las favelas» bajo la luz del «humanismo» y los «derechos humanos». También era la época de las grandes inversiones en megaeventos que traían consigo el desalojo de decenas de comunidades en todo el país para cumplir con las exigencias de la FIFA. El inicio del programa de las UPP (Unidades de Policía Pacificadora) y el anuncio de Brasil como sede del Mundial Fifa y los Juegos Olímpicos no coinciden por casualidad. Ambos tuvieron lugar entre 2007 y 2008.

Las UPP se instalaron en favelas y comunidades de Río de Janeiro consideradas «zonas peligrosas dominadas por narcotraficantes y facciones criminales». Además de las obras públicas para la construcción del espacio físico de las UPP dentro de los territorios (y toda la infraestructura pública necesaria), también se impartía capacitación, se proporcionaba equipamiento y se impartía formación en derechos humanos, ya que el principal objetivo de los progresistas era resolver tres problemas de una sola vez: frenar el crecimiento de las organizaciones criminales y reformar la policía, preparándola al mismo tiempo para hacer frente a los grandes eventos que se avecinaban.

Al fin y al cabo, los pobres ahuyentan a los turistas adinerados. Tenían que comportarse. Y se llevaron a cabo operaciones policiales, tanto en manifestaciones en el centro como para pacificar a las favelas, ya en preparación para la Copa.

En este contexto, entre el 13 y el 14 de julio de 2013 se llevó a cabo en Rocinha la Operación Paz Armada, que llevó a más de 300 soldados de la Policía Militar (PM) al territorio. Treinta personas fueron detenidas, entre ellas el albañíl Amarildo, que regresaba de pescar. Y nunca volvió a casa.

Foto: Elisabeth Gomes sostiene un cartel con el rostro de su esposo Amarildo. Créditos: Fernando Frazão/Agência Brasil

¿Dónde está Amarildo?

En la prensa se podía leer el discurso oficial del Estado: Amarildo habría permanecido detenido en la UPP durante unas 24 horas y luego habría sido liberado, ya que los policías habrían comprobado que no era un delincuente.

El problema es que nunca más se le volvió a ver tras su supuesta liberación. Ni su esposa, ni sus hijos que dependían de él; ni los vecinos que lo conocían por ser muy trabajador. Nadie sabía nada. ¿Dónde está Amarildo? Desapareció. Se esfumó.

Elisabeth contó a los medios de comunicación que Amarildo fue detenido a las 19:45 del día 13 y que tuvo que esperar hasta la mañana siguiente para que lo liberaran. Dijo que volvió al puesto de la UPP y que el mayor Edson Raimundo dos Santos, ex comandante de esa unidad, le dijo que acababa de liberarlo cerca de la escalera del Portão Vermelho. A la mañana siguiente, Amarildo seguía sin aparecer. Ella buscó a su esposo en las comisarías y hospitales cercanos. Nada.

La indignación por la situación de Elisabeth hizo que los vecinos movilizaran a Rocinha en la campaña «¿Dónde está Amarildo?», que rápidamente ganó adeptos en todo el país, que estaba en llamas debido a las revueltas populares iniciadas un mes antes, en junio de 2013. No tardó mucho en llegar a otros países de Abya Yala, Europa y Estados Unidos las manifestaciones que pedían una solución al desaparición de Amarildo.

Herida abierta

Según las investigaciones, después de que Amarildo fuera liberado por la UPP, se cruzó con unos policías que convenientemente lo «confundieron» con un narcotraficante del barrio y luego lo torturaron y mataron. Pero poco podemos confirmar al respecto, ya que las cámaras de seguridad de la comisaría estaban apagadas durante la Operación Paz Armada, al igual que los GPS de los agentes.

Un tipo de «confusión» y «error de procedimiento» que demuestra una serie de cosas. La primera de ellas, sin seguir este orden: el fracaso del modelo de policía pacificadora y de la utopia de controlar a la policía con tecnología. La segunda: cómo opera el racismo en Brasil en forma de tecnología para el control de poblaciones y territorios. Y hay muchas más conclusiones a las que podemos llegar a partir del caso de Amarildo.

Un año después de su desaparición, cuando se disputaba el partido entre Brasil y Croacia, Elisabeth y sus hijos seguían de corazón partido sin Amarildo. Él solo estaba presente en los carteles que reclamaban su memoria en las calles y callejones.

Años más tarde, los policías acusados por su desaparición fueron condenados por un Tribunal Federal (STJ) a penas de hasta 16 años de prisión y se discutieron indemnizaciones para los familiares. Pero nada de eso fue suficiente para reparar la ausencia de un padre, esposo y vecino querido por los suyos. Ni para curar las marcas de la violencia organizada por el propio Estado.

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