El Mundial de Wonderland

Durante todo el partido, la Reina no dejó de pelear con sus compañeros de juego y de gritar: ‘¡Que le corten la cabeza a éste! ¿Qué le corten la cabeza a aquél!’ Los soldados tenían que llevarse a los que eran condenados y naturalmente, para ejecutar las órdenes, debían dejar de ser arcos, de manera que al cabo de una media hora más o menos no había arco alguno en el campo, y todos los jugadores excepto el Rey, la Reina y Alicia estaban bajo custodia y sentenciados a muerte”.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas

Hablar de política en el ámbito del fútbol se considera un atrevimiento de mal gusto. Sin embargo, no hay nada más político que el balompié y el Mundial 2026 salpica asuntos del interés público como relativos a la esfera geopolítica. En este caso, y por primera vez, de tres Estados nacionales.

De acuerdo con el presidente Donald Trump, el evento mundialista es de Estados Unidos y de manera magnánima otorgó “un pequeño pedacito” a Canadá y a México. Por número de ciudades sedes y partidos a disputar es indudable que su país va a la cabeza. Estados Unidos 11 urbes y 78 partidos. Canadá 2 ciudades y 13 encuentros; México 3 localidades y 13 juegos.

No hay empacho del presidente en llamar al torneo The Make America Great Again World Cup. En el marco de una conferencia de prensa, centrada en el Mundial de fútbol, usó una gorra roja con la leyenda “Trump tenía la razón sobre todo”. Sentado frente a su escritorio de la sala oval de la Casa Blanca, se vanaglorió de haber logrado la sede durante su primera administración y ser mandatario durante el campeonato. Es decir, un logro personal.

El juego de las sillas

En días recientes, Trump amenazó a Los Ángeles y al área de la Bahía de San Francisco de ser eliminadas como sedes mundialistas. La razón: la abierta tensión política con el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom a quien considera representante de eso que él llama “radicales lunáticos de izquierda”. Asimismo, amagó a Chicago de borrarla del Mundial debido a las protestas ciudadanas contra sus políticas migratorias. Esta ciudad ni siquiera es sede.

Tales tensiones son un hecho inédito en la historia mundialista. Se ha reflexionado en diversos medios sobre la imposibilidad de que Trump pudiese sustituir ciudades sede. Es una decisión que sólo corresponde a FIFA.

Lo que sí es un hecho es que nunca había estado de por medio un mandatario con un perfil tan caprichoso. Y eso que la lista incluye a Benito Mussolini, Gustavo Díaz Ordaz, Jorge Videla o Vladimir Putin, quienes gobernaban en sus respectivos países durante un campeonato.

Emocionantes tensiones

La política se derrama en cada segundo que transcurre rumbo al magno evento. En la sala oval de la Casa Blanca, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, ha protagonizado una lisonjería de triste memoria. Todo acompañado de una forzada sonrisa, mientras estoico permanece de pie al lado del trono presidencial flanqueado por doradas cortinas.

Infantino repite una y otra vez que millones de personas visitarán suelo estadounidense para el Mundial y que deben sentirse seguros. Trump responde sin tapujos que las visas no serán un asunto sencillo para nacionales de algunos países.

Ya Trump especificó que habrá una task force o fuerza especial dedicada a ejecutar el evento en tierras estadounidenses. Afirma que es la primera vez que el evento tendrá lugar en esta parte del mundo. Sabemos que no es así. México será sede por tercera vez (1970, 1986) y Estados Unidos por segunda ocasión (1994). Lo que es inédito es su carácter regional, justamente lo que él desprecia y minimiza.

A pregunta expresa de las ríspidas relaciones con sus coorganizadores responde: “las tensiones son emocionantes”. Es obvio que el mundo no está unido por un balón como sentenciaba la cursi canción de México 86.

El giro globalifóbico y el hombre misil

El campeonato de fútbol 2026 exhibe a la región de Norteamérica con todas sus contradicciones: ya no es un símbolo de la globalización y del libre comercio. Ni un espacio de democracias paradigmáticas ni de respeto a la ley.

Atestiguamos algo peculiar: mientras la globalización futbolera se consolida, la comercial y política se quiebra. De telón de fondo están las tensiones surgidas por el liderazgo de una China que ya es una imparable fuerza comercial y productiva.

La elite que gobierna Estados Unidos es globalofóbica. O al menos enemiga de una globalización no comandada por su país. Robert Lighthiezer, artífice de la política comercial de Estados Unidos es la mente detrás de las guerras comerciales y del quiebre del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, hoy T-MEC. Su libro No Trade is Free describe la lógica detrás de las agresivas políticas arancelarias estadounidenses.

Ahí advierte que cuando fue llamado por Trump en 2017 para integrarse a su primera administración, también era consciente que lo convocaba a emprender una “batalla feroz” que incluía “luchar contra globalistas y nacionalistas de todos tipos desde China, México, Canadá y Europa cuyos intereses divergen de los trabajadores estadounidenses”.

Lighthiezer fue a apodado “el hombre misil” en Japón cuando, en la década de 1980, presionó a las automotrices japonesas para que frenaran sus exportaciones a Estados Unidos. Él representa a la élite de noble cuna estadounidense y es quien cristaliza en políticas públicas esas añoranzas de resucitar la grandeza de su país.

Futboleros progresistas y feministas

En las últimas décadas, Estados Unidos ha devenido un epicentro comercial futbolero. Ahí se organizan partidos preparatorios, torneos regionales y mundiales y poco a poco se fortalece una liga profesional con figuras globales de gigantesco renombre que convierten a ciertos equipos en franquicias millonarias. Su selección masculina ha tenido un papel más bien de bajo perfil, mientras que la femenina ha sido campeona mundial.

La afición futbolera en Estados Unidos se ha conformado históricamente por diásporas migrantes de raíces latinoamericanas y europeas. A partir de la década de los ochenta del siglo XX, empezó a crecer la práctica del deporte entre clases medias y medias altas locales. Éstas se distinguían por su afición al fútbol europeo y su carácter cosmopolita. Conformaban una excepcionalidad en la llamada “república deportiva”. Miraban hacia fuera, mientras sus conciudadanos sólo contemplan sus propias ligas y torneos que faraónicamente llaman mundiales.

No obstante, desde el fútbol estadounidense también se han ganado batallas de impacto global. Las futbolistas han sido fuertes voces feministas que lucharon y ganaron la batalla de la paga equitativa. Varias de ellas son activistas y defensoras de una agenda LGBTI. En muchos sentidos representan todo lo que la actual élite gobernante detesta: su perfil progresista y global.

Caminar en tierras pantanosas

Infantino sabe el pantanoso terreno que pisa. Busca simpatizar con la sede más grande bajo los términos trumpianos: llama campeón del mundo al mandatario, lo deja cargar la Copa Jules Rimet. Para explicarle la relevancia del evento le ofrece metáforas desde su provincial deportivismo: “será como tener tres Superbowls a diario durante un mes”. Trump responde con una sonrisa. Le gusta la referencia local.

Mientras tanto, la tensión no para: si bien en los partidos preparatorios aún no se han registrado hechos lamentables asociados con la violencia ejercida por la agrupación ICE contra migrantes, lo cierto es que la tensión crece. Las declaraciones de los involucrados, entrenadores o jugadores, es de cautela extrema. Y, en las grandes ciudades que serán sede, se organizan masivas protestas contra la administración de Trump.

El fútbol, repiten con sonrisas forzadas, no es política. Se puede conceder cierta razón. Y, sin embargo, no hay nada más político que el fútbol. Donald Trump, adepto a la lucha libre, ha aprovechado las circunstancias para esgrimir argumentos contra todos aquellos que juzga sus enemigos en el marco del próximo campeonato mundialista. Así, el marcado giro político se alimenta desde la sede central.

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