Brasil registró récords de huelgas y revueltas en los años previos al Mundial de 2014

Los brasileños vivían el inicio del auge del progresismo en 2007, cuando la FIFA anunció la celebración de la Copa del Mundo de 2014 en el país, que pronto aprobaría su Ley General de la Copa en el parlamento, dando a FIFA cierta autonomía en relación con los territorios donde se celebrarían los partidos y otros eventos relacionados, como las «fan fests». Comenzaba la era de los megaeventos y también tendríamos los Juegos Olímpicos en Río de Janeiro en 2016.
Pero el laboratorio para la realización de estos megaeventos ya se pondría en marcha en 2007, con los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro. Y ya en ese momento llamaron la atención los gastos públicos destinados a la realización del evento. Una manifestación pacífica, con la presencia de grupos que más tarde protestarían contra la Copa de 2014 (el columnista estuvo presente en ambos momentos), se formó frente a la alcaldía de Río y terminó siendo reprimida y dispersada por la Policía Militar con bombas de gas lacrimógeno. Una vez terminados los Panamericanos, las investigaciones de la Policía Federal y del parlamento municipal de Río no siguieron adelante por falta de apoyo de la clase política.
Estábamos en el gobierno de Lula II (2007-2010) y el boom de las commodities permitía que una parte de sus ganancias se destinara a programas sociales y de transferencia de ingresos. Había un cierto optimismo popular generado por la inclusión a través del consumo. Era nuestra versión improvisada de algo parecido a un Estado del Bienestar Social y los movimientos sociales históricos vivian un momento de desmovilización. Pero la experiencia con los Juegos Panamericanos de 2007, lo que se oía de Sudáfrica en 2010 y más tarde todo lo que ha pasado el año de 2013, hicieron que los movimientos sociales autónomos que cuestionaban la Copa del Mundo de 2014 cobraran fuerza, sobre todo entre los jóvenes. Y, por increíble que parezca, entre los aficionados de los clubes brasileños, que comenzaban a formar sus asociaciones como la ANT (Asociación Nacional de Aficionados) y la FNT (Frente Nacional de Aficionados), organizando sus próprias protestas.
La elitización del fútbol
El fútbol brasileño, a su vez, no vivía un buen momento. La selección acababa de pasar por el Mundial de 2006, el primero de una sequía de títulos que aún persiste, y en el Brasileirão las cosas aún no eran tan buenas como hoy. Equipos como el Palmeiras y el Flamengo, que hoy están bien estructurados y dominan el continente sudamericano, atravesaban graves problemas económicos y no figuraban entre los más fuertes del país. Los hoy más humildes Cruzeiro, São Paulo, Corinthians y Grêmio eran los que estaban a la orden del día. Tampoco existían los modernos estadios actuales, concebidos a imagen y semejanza de lo que los europeos y estadounidenses podían presentar de peor en términos de transformar la cultura futbolística en un negocio.
Antes de 2014 las plateas aún eran de cemento y las entradas relativamente baratas para la clase trabajadora. Si bien, por un lado, los principales jugadores brasileños jugaban muy poco aquí y, siendo aún jóvenes, eran contratados por algún club europeo adinerado de segunda categoría; por otro lado, la gente aún tenía acceso a las plateas y el fútbol aún respiraba como cultura popular. Hoy en día es evidente el cambio en el perfil de los aficionados que acuden a los estadios debido a la construcción de las «arenas modernas estándar de la FIFA» – como es evidente el aumento del poder económico de los principales clubes. Pero esto fue un proceso.
Poco después del anuncio de la FIFA en 2007, llegó la fiebre del oro. Múltiples constructoras llegaron a acuerdos con el gobierno y la FIFA para construir estadios desde cero en ciudades como São Paulo o Recife, que ya contaban con varios estadios, o para remodelar escenarios clásicos del fútbol brasileño, como el Maracaná, que acabó perdiendo la Geral, su sector más popular, que daba la vuelta completa al campo.
Para satisfacer las exigencias de la FIFA, necesitábamos tener decenas de estadios modernos y no teníamos ni uno solo. Se invirtió una enorme cantidad de dólares para remodelar prácticamente todos los escenarios del fútbol brasileño. Al principio creímos, caímos en la trampa de que los estadios serían más bonitos y más funcionales. Pero el jarro de agua fría no esperaría ni siquiera a la celebración de la inauguración del Mundial para caer sobre este pueblo que ama el fútbol.

Durante esta fiebre del oro futbolero docenas de comunidades también fueron desalojadas. Comunidades enteras, barrios enteros. Famílias expulsadas de sus casas mediante una brutal violencia policial de las zonas donde se construirían los estadios o de sus alrededores. Doce años después, los estadios brasileños están completamente elitizados y la represión derivada de la especulación inmobiliaria contra los pobres está en su apogeo. Pero todo esto no sucedió de forma pacífica. Se dispararon muchas balas.
Huelgas de 2012 y revueltas de 2013
Los años previos al Mundial fueron de mucha agitación en las calles brasileñas. En 2012 ya se había iniciado la cuenta atrás para la Copa del Mundo y comenzaba a marcarse una especie de fin de ciclo del milagro económico progresista: era la crisis de 2008, considerada por el lulismo como una «marola» (una pequeña ola), que llegaba por aquí.
En las calles, los movimientos sociales autónomos —en muchos casos inspirados en las ideas zapatistas de autonomía territorial— ya estaban organizados y contaban con cierta experiencia en movilización. Comenzaron su trayectoria una década antes como respuesta al ablandamiento de los movimientos sociales tradicionales promovido por el ascenso del progresismo al poder, y en 2012 ya pensaban en el mundial que se celebraría años después, entre otras cuestiones.
Según datos del Dieese, Brasil registró el mayor número de huelgas de su historia hasta entonces: 877. Fueron 410 en el ámbito público y 464 en el privado, además de otras que abarcaron ambos sectores. El número catalogado por el instituto desde 1997 ya confirmaba una tendencia al alza de las huelgas a partir de 2008. En 2013 se superaría el récord con 2050 huelgas; 933 en el sector público y 1106 en el privado.
Wallace de Moraes, politólogo de la UFRJ (Universidad Federal de Río de Janeiro), señala en su libro «2013: la revuelta de los gobernados» que, más allá de las frías cifras, había un dato aún más interesante. Muchas de estas huelgas comenzaban a ser llevadas a cabo directamente por las bases, sin el consentimiento de sus direcciones sindicales. Recuerda la primera huelga de los barrenderos de Río de Janeiro, que tuvo lugar en pleno Carnaval. La dirección del sindicato habría llegado a un acuerdo con el Ayuntamiento para poner fin a la movilización, ya que era de interés que la ciudad estuviera mínimamente limpia durante su principal fiesta turística. Pero no lo acordaron con las bases del sector, que paralizaron la ciudad a pesar de la dirección y, a continuación, formaron su propia representación independiente de la patronal.
Y este tipo de práctica se fue volviendo cada vez más común. Solo en Río también ocurrió con los transportistas, camioneros y trabajadores del Complejo Petroquímico (COMPERJ). Había un contexto de amplias luchas sociales en todo Brasil que adquirían esta característica más horizontalista y crítica con el tipo de liderazgo burocrático al que estaban acostumbrados.
No por casualidad, en junio de 2013 estallaría también una amplia revuelta popular. Fueron manifestaciones que se prolongarían hasta el Mundial de 2014, que pusieron al país patas arriba y que marcarían el fin de ese ciclo de luchas autónomas que mencionamos, con una brutal persecución policial, judicial, mediática y social a los grupos e individuos involucrados. Pero ese es un tema para una nueva serie de artículos.

Lo importante de las revueltas de 2013, para comprender esas Memorias del Mundial, es tomar nota de que existía un rizoma de movimientos sociales, territoriales, ecologistas, feminstas, antirrascistas, indígenas, comunitarios/barriales, culturales y colectivos, todos autónomos con respecto a las fuerzas políticas reconocidas, con una fuerte inspiración en los zapatistas y otros movimientos populares de todo el mundo. Este rizoma llevó a cabo campañas que iban desde la oposición a las tarifazos en el transporte público, hasta la defensa de los territorios indígenas (por ejemplo contra la construcción de la hidroelétrica Belo Monte o las reformas del Código Forestal); desde la creación de más parques en las grandes ciudades hasta la construcción de cocinas alimentaban las personas sin hogar. Desde ese rizoma de movimientos autónomos, en diálogo directo con las comunidades afectadas por la FIFA, surgieron los Comités Populares de la Copa.
Y aprovechando el impulso de la explosión de 2013, 2014 prometía ser un año de grandes protestas. Y así fue.
Comités Populares de la Copa
Pensando en las dos ciudades más grandes, se construyeron dos tendencias entre los rebeldes de 2013 al entrar en el decisivo año 2014: una más insurreccionalista y antipolítica, con fuerte presencia en Río de Janeiro, y otra caracterizada como autonomista, más presente en São Paulo. Ambas existían en las dos capitales, pero es evidente que cada una de ellas creció de manera diferente en cada lugar. Esta diferencia se marcaría a lo largo del primer semestre de 2014 a través de las dos campañas distintas elaboradas contra la Copa del Mundo: «No habrá Mundial» y «¿Mundial para quién?» [Não Vai Ter Copa y Copa Pra Quem?].
El lema «¿Mundial para quién?» se basaba en las lecturas y prácticas de grupos próximos al MPL de São Paulo (Movimiento Pase Libre, uno de los principales actores de las revueltas de 2013 con sus manifestaciones contra la subida de tarifas en el transporte público) y en una postura más crítica, que buscaba ocupar el debate público para señalar la magnitud del robo, la coacción y la violencia contra los pobres que traía consigo el Mundial. El lema era el que organizaba las ideas de los Comités Populares de la Copa, presentes en diferentes sedes del mundial y cuya célula de São Paulo publicó un libro con más detalles sobre la desgracia.
El «No habrá mundial», por otro lado, no estaba muy abierto al diálogo. Era un grito que partía de una postura menos preocupada por la crítica y más por la lucha directa. Con una clara y radical inclinación hacia el anarquismo insurreccionalista, su objetivo era arruinar —o avergonzar— la celebración del evento. La motivación era la misma que la del Comité Popular de la Copa, pero el método era otro.

Si, por un lado, «No habrá mundial» nos aportará más elementos sobre los black blocs en particular y el espíritu de la juventud que tomaba las calles em general, el Comité Popular de la Copa es quien nos aportará más información histórica, empírica y los debates acerca de aquel momento. El grupo se formó en 2011, en el marco de una histórica campaña del MPL en São Paulo, seguida de otras movilizaciones.
Fue allí donde articularon la crítica de que «el impacto de los megaproyectos y las violaciones del derecho a la ciudad» serían moneda corriente en la organización de la Copa del Mundo de 2014.
Año de Mundial y elecciones, de disparos y desalojos
«Vi que el Comité Popular de la Copa tenía la propuesta de cuestionar todo el proceso de traer a la FIFA al territorio, y cómo la FIFA sería un mediador allí, desde la construcción de los estadios hasta la venta de productos y la gentrificación de áreas que la especulación inmobiliaria ya tenía en la mira. Entré a finales de 2011 o principios de 2012, y fue muy bueno, muy importante para mi formación política estar cerca de personas que formaban parte de grupos que no eran los mismos que el mío. No era gente autonomista a la que estaba acostumbrada», explica Jaque Almeida, una militante que se unió al Comité Popular de la Copa en São Paulo.
Jaque cuenta que, tan pronto como empezó a acercarse al colectivo, «había una comunidad cerca del Itaquerão (Neoquímica Arena, estadio donde se celebró la inauguración del Mundial de 2014: Brasil 3 x 1 Croacia). Y querían que se fueran de allí, del lugar donde habían vivido, crecido, sin tener adónde ir».
Se refiere a la Villa de Paz, descrita en la prensa como un «conjunto de chozas que alberga exactamente a 1048 personas, todas ellas viviendo en condiciones precarias, sin agua, sin luz y casi sin condiciones higiénicas». A solo 500 metros del estadio que consumió mil millones de reales para albergar la Copa del Mundo. También podría estar refiriéndose a la favela Três Côcos, cuyas 5000 familias (solo el 30 % de ellas con acceso a saneamiento básico, por ejemplo) temían desalojos debido a las obras ya en 2011.
«Este tipo de ataque a la vida de las personas fue catalizado por el modelo de megaeventos, y la Copa del Mundo es solo uno de ellos. Luego estaban los megaconciertos, en esa época también llegaban las Olimpiadas, y se utilizaba el pretexto de “vamos a traer inversiones, vamos a traer capital del exterior, de cualquier lugar, esto traerá mejoras para las comunidades, la gente podrá aprovecharlo después”. Pero la gente era desalojada de una forma u otra, era descartada. También recuerdo a un grupo de vendedores ambulantes que se organizaban para intentar conseguir algún espacio para vender sus productos durante las fanfests, montadas en áreas sobre las que la FIFA tenía autonomía para gestionar el espacio, prohibiendo su presencia», comenta Jaque Almeida.

Nueve problemas de la Copa de 2014
En el dossier publicado como libro, el Comité Popular de la Copa enumerará nueve puntos problemáticos sobre la celebración del Mundial. El primero se refiere a las leyes de excepción, como la Ley General de la Copa, diseñadas para «atender al mercado y su lógica, que era garantizar los beneficios de las corporaciones y la fiesta de las empresas constructoras».
A partir de ahí se plantearán cuestiones relacionadas con la vivienda, que se relacionarán con los cientos de desalojos de barrios y comunidades enteras para la construcción de estadios; la represión de los vendedores ambulantes, que no podían trabajar durante la Copa; los casos de explotación sexual que se dispararon con el ultraturismo; el proceso de elitización del fútbol brasileño que mencionamos; la represión de las personas sin hogar durante el periodo y, por último, la escalada de políticas represivas con la creación de nuevas unidades y la compra de equipos para la policía con el fin de contener las manifestaciones sociales, además, por supuesto, de las leyes aprobadas homeopáticamente para facilitar la acción brutal de las autoridades contra dichas manifestaciones.
Continúa.





