
La última vez que Hungría jugó un Mundial de fútbol fue en México 86: la selección fue goleada por Francia 3-0. El peor resultado en su historia tuvo lugar en el mismo torneo: en Irapuato sufrió una derrota de 6-0 frente a la antigua Unión Soviética. Desde entonces, no ha participado en los campeonatos mundiales. En el Mundial de 2026, no veremos a esta selección; sin embargo, el balompié húngaro es central para comprender el uso de este deporte para impulsar agendas de ultraderecha.
Hungría tiene mucho tiempo de no ser mundialista, pero en la memoria colectiva no todo es fracaso. El país posee el récord de haber propinado la mayor goleada de los mundiales: 10-0 frente a El Salvador en España 82. Asimismo, de 1934 a 1966 la selección húngara tuvo decorosas participaciones: logró el subcampeonato en dos ocasiones (1938 y 1954) y alcanzó los cuartos de final en tres (1934, 1962, 1966). Asimismo, ganó dos medallas de oro en Juegos Olímpicos (Tokio 64 y México 68) y una de plata en Munich 72.
Ese pasado victorioso es al que se apela en nuestros días para impulsar principios de la ultraderecha; sobre todo, un nacionalismo nativista que fomenta una gloria que se recupera. En el centro de la retórica está la noción de los “poderosos magiares”, etnia mayoritaria de Hungría que se considera dio los grandes triunfos al fútbol del país. En particular, se recuerda la victoria de la “generación de oro” que derrotó 6-3 al Reino Unido en el estadio de Wembley en 1953.
El entonces denominado “partido del siglo” fue un balde de agua helada para los ingleses que hasta entonces se consideraban invencibles como locales. La nostalgia por ese momento está vigente en la ultraderecha húngara que gobierna el país desde 2010 a través del partido Fidesz (Unión Cívica Húngara).
Añoranza del imperio perdido
El principal impulsor de tales sentimientos desde el fútbol es el ultraconservador primer ministro, Viktor Orbán. Su gobierno se ha distinguido por la represión a la prensa, el control de la educación y la cultura, o los mensajes contra la globalización y los migrantes a quienes considera “veneno”. Al llegar al poder, su partido Fidesz reconoció que el deporte, y en particular el fútbol, era central para reforzar la identidad húngara.
Orbán además apela a su propio pasado: fue jugador de fútbol. Ello lo utiliza como una referencia personal para hacerse popular y explotar el patriotismo futbolero húngaro con fines políticos. Sobre todo, le ayuda para mantener vigente la noción de que es necesario defender la identidad de los magiares y recuperar la grandeza del antiguo Reino de Hungría que se desintegró en 1920 con el tratado de Trianon. Tal disgregación implicó que perdiera 70% de su territorio y que casi un tercio de las poblaciones magiares quedaron repartidas en regiones que hoy conforman Rumania, Croacia, Serbia, Eslovaquia, Eslovenia y Ucrania.
Orbán aspira a recuperar ese reino perdido. Una de sus tácticas para revivir los lazos con esas comunidades magiares ha sido impulsar proyectos de fútbol que reaviven sentimientos identitarios que, eventualmente, le ayuden a reunificar esas tierras. Dicha estrategia se enmarca en una cruzada que coloca al primer ministro ultraderechista como el “defensor de la patria”. Las inversiones han incluido la construcción de estadios e instalaciones de fútbol en lo que algún día fue el Reino de Hungría.
La conexión húngara en la FIFA
El 22 de mayo de 2024, la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA) informó que el estadio húngaro Puskás Arena de Budapest sería sede de la final masculina de la Champions League de 2026. Esta locación ya ha sido sede de la Eurocopa, la Supercopa de Europa y de la final de la Liga Europea. Fue construido entre 2017 y 2019.
El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, visitó por primera vez el Puskás Arena en noviembre de 2021, y se dijo impresionado según se consignó en un boletín de prensa. Asimismo, aprovechó su visita para reunirse con Orbán a quien le reiteró la relevancia de impulsar el fútbol para “cambiar las cosas en la sociedad en general”. Lo que sea que eso signifique.
La designación del estadio húngaro como sede de relevantes torneos europeos no es casual. El vicepresidente de la FIFA y de la UEFA es Sándor Csánya, quien también funge como presidente de la Federación Húngara de Fútbol. Este último cargo lo obtuvo luego de la victoria de los conservadores de Fidesz en 2010. Es el hombre más acaudalado de Hungría y también ostenta el logro de ser el primer billonario del país. Este poderoso personaje es, entre otras cosas, director del mayor banco de Hungría (OTP Bank), y es parte de la directiva de MOL Group, empresa petrolera y gasera que genera las mayores ganancias de la nación.
Csánya e Infantino son la mancuerna directiva de la FIFA. El suizo no duda en respaldar a la Hungría de Orbán. En enero de este año, asistió a la celebración de los 125 años de la Federación Húngara de Fútbol donde resaltó el “pasado ilustre” de la organización magiar. Asimismo, advirtió que la llamada “generación de oro” era considerada una de las mejores escuadras de la historia.
Infantino no faltó en recordar a Ferenc Puskás, valorado como el mejor futbolista húngaro y cuyo apellido dio nombre al estadio que ya es una sede visible del fútbol. Es decir, ensalzó la narrativa impulsada por Orbán para fomentar un nacionalismo nativista.
Nuestro lenguaje común
Cuando Orbán inauguró unas instalaciones de fútbol en el poblado de Dunajská Streda, Esolovaquía, sentenció que el deporte era el lenguaje común que unía a todos los magiares. En otra ocasión, advirtió que “había futbolistas jóvenes que no lograban ser profesionales, pero que se convertían en escritores o primeros ministros”. “Esas carreras, sentenció, no deben ser menospreciadas”.
Tales declaraciones muestran la manera como el primer ministro de ultraderecha fabrica narrativas desde su propia experiencia como promotor y ex jugador de fútbol para cultivar su popularidad, pero también impulsar un nacionalismo étnico. Éste explota, además, el encono hacia la inmigración y aplaude la creación de barreras para detenerla. La valla levantada en 2015 para frenar a los migrantes sirios, es aún hoy un símbolo para repeler lo que Orbán llamó la “invasión musulmana”.
Asimismo, es una barrera simbólica frente a una Europa Occidental progresista que Orbán juzga ha renunciado a su identidad cristiana y optado por “un cosmos sin Dios, familias arcoíris, migración y sociedades abiertas”. Ateo declarado, el primer ministro hoy se asume cristiano. Conversión de gran conveniencia política para ganar electores e impulsar una agenda ultraconservadora en lo social.
No es casualidad que Donald Trump, presidente de Estados Unidos, haya declarado que se inspiró en Orbán para impulsar su carrera política. Recientemente, respaldó su reelección en los próximos comicios de abril que, por primera vez, podría perder. El apoyo ha sido total: Marco Rubio, Secretario de Estado, acaba de visitar la capital húngara para expresar que el triunfo de Orbán es “esencial y vital para nuestros intereses nacionales”.
Escenarios de la ultraderecha
Viktor Orbán ha apoyado a Trump desde su primera candidatura. Tal aval fue parte de una estrategia política bien orquestada que incluyó la conformación de una red de centros de pensamiento ultraconservadores para integrar a simpatizantes anglosajones. Así, se logró una alianza con la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC), organización estadounidense creada en 1974, que tiene ya una visible presencia en la Hungría de Orbán con Trump como orador. Este 2026, ahí celebrarán su quinta reunión “antiglobalización” bajo el lema: “no a la migración, no al género, no a la guerra”.
Así, no es casualidad que Orbán fuese de los primeros en integrar la “Junta de Paz” del presidente estadounidense para la reconstrucción de Gaza. En la reciente apertura de dicho organismo, Orbán se sentó junto al argentino Javier Milei, otro populista ultraconservador, quien aprovechó la ocasión para cantar al lado del húngaro. Delante de ellos estaba Gianni Infantino, quien lució una gorra roja trumpista, y que divertido se rio con ambos mandatarios.
Infantino ya prometió estadio, academia y canchas para Gaza. Al mismo tiempo, la FIFA permite la participación de equipos israelíes, ubicados en asentamientos ocupados, en distintos torneos. Por ello pesa sobre el presidente de la asociación una denuncia en la Corte Penal Internacional: se le acusa de legitimar la ocupación israelí de Palestina.
Dios los cría y ellos se juntan. Así, el Mundial de 2026 está siendo también un escaparate más de la ultraderecha que odia la globalización, pero que se beneficia de ésta para promocionarse.




