De pasiones desbordadas y racionales
“Parece una habilidad callejera, pero exige, técnica y práctica”.
¿Hablo de futbol? No.
Es una referencia al juego de la ruleta, pasatiempo que enloqueció a la Europa del siglo XIX en los más famosos balnearios del continente. Las personas iban a mejorar su salud en aguas termales y en los hoteles terminaban absorbidos por las apuestas y arruinados bajo el encanto de la ruleta.
El caso más famoso es el del escritor ruso Fiódor Dostoyevski, quien en su novela El jugador hace un retrato de las “ciudades ruleteras del Rhin” y describe que su afición incluía suerte, estrategia y desborde de pasiones.
Para los enemigos de los juegos de azar tales cualidades serían catalogadas de manera negativa. Sin embargo, ¿qué pasa si las adjudicamos a una actividad deportiva?
En efecto, la connotación se transforma. Si se le confieren al futbol deviene en jogo bonito. Expresión que describe la forma picaresca-callejera de jugar en Brasil frente a la supuesta frialdad del estilo europeo. En América Latina, sin embargo, poco se reconoce que tal atribución también se le adjudicó al futbol inglés, the beautiful game. Ambas designaciones surgidas casi de manera simultáneaen la década de 1950.
La noción de juego cristalizada en la ruleta y el futbol genera juicios de valor que se contraponen. Es común que la ruleta se ubique como un juego donde se libera la exaltación dionisíaca de la suerte y un mecanismo por el cual los individuos escapan de las contingencias y restricciones sociales. En contraste, el futbol se cataloga como una actividad en la que la razón se perfecciona y eleva a las personas sobre las contingencias de la experiencia cotidiana y cuyo valor también es estético.
Tales designaciones responden a valores en conflicto producto de circunstancias culturales y sociales. Las categorizaciones no son absolutas, por el contrario, son relativas y parciales. La ruleta moderna fue diseñada por el fisicomatemático Blaise Pascal para resolver un problema de probabilidad; mientras el futbol es un juego popular que se reglamentó para alejar a jóvenes de vicios. Razón y pasión.
Maldecir antes y después de conocerle
No ha sido sencillo que el futbol como actividad recreativa adquiriera connotaciones positivas. Fue considerado un juego de mala índole e incluso, durante buena parte del siglo XX, despreciado como objeto válido de análisis en la academia. Hoy es el más estudiado.
“Maldecimos el futbol antes de conocerle. La maldición es más enérgica cuando le conocemos”, sentenció Pierre de Coubertin en 1897 en el texto Notes sur le foot-ball, donde reflexionó sobre la imparable expansión de este deporte. Así inició su deliberación:
“En las costumbres, como en la historia hay conquistas imprevistas. La marcha triunfal del futbol en los hábitos de nuestra juventud francesa tan sedentaria es un ejemplo nuevo. El futbol tenía todo contra sí. Su primer defecto es el ser inglés“.
Coubertin era un famoso anglófilo y quizá con cierto pesar admitió que la práctica del futbol se expandía en su país. No era su deporte favorito, pero sabía que lo debía sumar al incipiente movimiento olímpico que impulsaba. Decidió rebatir los comentarios negativos que provocaba en la prensa y en las madres de familia que lo señalaban por su exceso de violencia.
Advirtió que el futbol no era un juego caótico, lleno de reglas y movimientos inexplicables, como se afirmaba. Exigía, puntualizó, estrategia, inteligencia, disciplina, voluntad, espíritu, carácter y, sobre todo, liderazgo. Con tales atributos, Coubertin integró al futbol a la llamada recreación racional. Es decir, al conjunto de actividades físicas a las que se les asignaba valor pedagógico, moral, social y sanitario.
Su afirmación queda registrada como parte de los argumentos que hicieron posible la revolución recreativa del siglo XX. Ésta ubicó a los deportes competitivos al centro de las actividades de ocio que se consolidaron como preponderantes después de la Segunda Guerra Mundial. Es decir, hubo también una combinación de tiempo y naturalización de ciertos valores.
Una historia que retrate a los tiempos
“Un solo deporte no ha conocido paradas ni retrocesos: el futbol”, sentenció Coubertin hace más de cien años. Tal impulso no se ha detenido: en el primer cuarto del siglo XXI, acumula 3,5 mil millones de seguidores en el mundo. Ningún otro campeonato mundial ni los Juegos Olímpicos suman tantos espectadores.
Su examen como un fenómeno recreativo, social, cultural, político y económico implica verlo con lupa y, a la vez, desenfocarlo. Sólo si apelamos a la comparación dimensionaremos su relevancia y lo que lo identifica con el resto de las actividades de cultura física.
A principios de la década de 1960, el historiador marxista C.L.R. James expresaba su desconcierto sobre todo aquello de la existencia humana que no había examinado. Al preguntarse sobre los anhelos y objetivos de las personas cayó en cuenta que amplios segmentos de la población dedicaban su tiempo libre a los juegos organizados.
Observó que los hombres más populares eran deportistas, pero en los libros de historia sus nombres no aparecían. “Historia social que olvida a los más famosos no puede retratar a las personas, y a los tiempos”, esgrimió. Asimismo, destacó que había llegado el momento de contradecir a Trotsky en el sentido que los trabajadores eran desviados de la política por los deportes.
James, originario de las Antillas inglesas (hoy Trinidad y Tobago), veía cómo los sentimientos de resistencia al dominio británico en las islas estaban concentrados en el cricket. Advirtió otra paradoja: la civilización Occidental tenía su origen en la Grecia Antigua, una sociedad que había sido fanática de los juegos atléticos organizados, ello incluía a sus grandes sabios: Platón, Pitágoras, Sócrates, Anaxágoras, Demóstenes o Diógenes.
Las identidades populares, sugirió James, se forjan lejos de la mirada del César. Parafraseando a William Shakespeare preguntó: “¿Qué saben del cricket quienes sólo conocen de cricket? Apeló así al estudio del deporte como un fenómeno social, político y cultural central para comprender los tiempos.
La ruleta marsellesa es una jugada en la que el futbolista da un giro de 360 grados sin perder el control de la pelota. Síntesis perfecta de razón y pasión que invita a mirar el futbol con una perspectiva histórica y como un espacio donde las grandes contradicciones del siglo XXI tienen lugar.




