Enero 18, 2026: llovía en la final de la Copa Africana de Naciones que enfrentó a Senegal contra Marruecos. El portero senegalés colocó al lado de su arco una toalla para secar sus guantes. Jugadores y auxiliares marroquíes inútilmente trataron de arrebatarle ese pedazo de tela. A tal punto llegó la situación que el guardameta suplente senegalés tuvo que custodiar la toalla al lado de la portería, mientras era perseguido por los auxiliares que no se rendían en su misión de quitársela con violencia. Ese fue sólo un capítulo del cúmulo de anomalías sucedidas en dicho juego celebrado en el estadio marroquí Mulay Abdalá de Rabat.
Lo que pudo haber quedado como anécdota es, sin embargo, una metáfora de los tiempos que corren: despojo a plena luz y desprecio de todo estado de derecho que, además, es premiado. La Confederación Africana de Fútbol otorgó a Marruecos el premio al fair play de la Copa Africana. Distinción concedida en el marco de múltiples denuncias de los equipos participantes por anomalías perpetradas por los anfitriones marroquíes.
No es un secreto que el deporte se ha usado para lavar la imagen de países y de los más diversos personajes. Existe en inglés un término para designar dicha práctica: sportwashing. Las historias que contar son múltiples y el fútbol está repleto de casos de triste memoria. Sin embargo, ha sido en este siglo XXI que tanto autoridades deportivas como personalidades de distintos ámbitos han sistematizado el proceso de lavar reputaciones a través de las actividades físicas y eventos.
En un ejercicio de sportwashing excesivo el presidente de la FIFA, Gainni Infantino, entregó en diciembre pasado el “Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo” al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Una condecoración inventada que inmediatamente generó rechazó y burlas y que quedará registrada como una de las preseas más ignominiosas de este período histórico.
En tanto, se multiplican las voces en Europa que piden boicotear el Mundial 2026. Las razones se visibilizan día con día debido a las tendencias agresivas del gobierno trumpista hacia sus propios connacionales y migrantes y hacia el exterior. Se arrebata con violencia la libertad a personas y menores indefensos, el petróleo a Venezuela, mientras se repite la amenaza de la anexión de Groenlandia.
La sombra de Argentina 78
El próximo Mundial 2026 ha generado múltiples alusiones a Argentina 78. Sin duda, hay similitudes en las retóricas empleadas por la actual élite política de Donald Trump y la Junta Militar argentina; particularmente, su continua alusión a la defensa de valores cristianos frente a lo que se categoriza como fuerzas perniciosas de izquierda. De igual forma, se ha relacionado la represión ejercida por el régimen militar con la virulencia de los trumpistas.
Los llamados a boicotear las sedes estadounidenses crecen en redes sociales. Sin embargo, no es claro que tales presiones tengan éxito. Sin duda, todos los intereses en juego determinarán la balanza y acudir a la reflexión histórica ayuda a tener una mejor comprensión del presente.
Los llamados a boicotear el mundial argentino adquirieron gran notoriedad gracias a la organización eficiente de una red internacional que denunció la sistemática y masiva violación de derechos humanos perpetrada por la Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla. La dictadura no se cruzó de brazos. A fin de contrarrestar dichas acusaciones, el gobierno argentino echó a andar una campaña de relaciones públicas.
Entonces, París se convirtió en el centro de operaciones propagandísticas de la dictadura. Ahí era donde operaban los activistas argentinos exiliados y militantes de izquierda europeos que encabezaban los esfuerzos por boicotear la justa de fútbol. Éstos habían creado el Comité por el Boicot del Mundial en Argentina que ha sido descrito como un movimiento de protesta significativo con impacto internacional. El comité solicitaba que se cambiara de sede o que se condicionara la organización del mundial a la liberación de todos los presos políticos y la restauración de las libertades.
Los activistas contaron con el apoyo de medios de prestigio como los franceses Le Monde y Le Nouvel Observateur, el italiano L’Espresso, el español Cambio 16 y el estadounidense New Republic. El impacto no fue anecdótico y generó airadas declaraciones del entonces embajador argentino en París que argumentaba que se trataba de una campaña de desprestigio contra Argentina y no contra el régimen.
La solidaridad, sin embargo, variaba de acuerdo con la localidad y exhibía los intereses en juego. En España y Alemania había actores que entendían perfectamente el vínculo entre dictadura y el sportwashing. Españoles de izquierda, particularmente catalanes, tenían fresca en su memoria los ardides propagandísticos de Francisco Franco a través del fútbol y apoyaban la resistencia contra el mundial. Para los alemanes occidentales eran evidentes las comparaciones entre Adolfo Hitler y Videla y los respectivos campos de concentración y los centros clandestinos de detención.
No obstante, ciertos sectores de izquierda se alineaban a la postura de la entonces Unión Soviética que nunca condenó el golpe de Estado militar de 1976 ni las violaciones de derechos humanos. Tal posición era producto de las sólidas relaciones económicas que mantenían los soviéticos con los argentinos. Al tiempo que evidenciaba un perverso juego político internacional: de esa manera no se respaldaban las acusaciones del presidente Jimmy Carter relativas a la vulneración de los derechos fundamentales en Argentina.
Ningún país se sumó al boicot. En el hervidero que era París, el presidente socialista francés, Francois Mitterrand, llamó explícitamente a su selección a participar en el mundial. Argentina ganó el torneo en medio de un júbilo nacional. Sin embargo, el dilema persiste: ¿cómo explicar la euforia que genera el fútbol en tiempos violentos? Según sentencia Eduardo Arechetti, el campeonato fue una victoria deportiva y una derrota moral.
Nubarrones futuros
Volvamos al presente. La final de la citada Copa Africana generó también sospechas de decisiones arbitrales amañadas. Se anuló un gol a Senegal y minutos después se marcó un polémico penalti a favor de Marruecos. Ello provocó que el entrenador senegalés incitara a sus jugadores a abandonar el terreno de juego. La violencia se desató en las tribunas y tras quince minutos se reanudó el partido. El marroquí Brahim Díaz falló el penal y después llegó la anotación de Senegal. En el palco de honor, Infantino se veía molesto. A su lado estaba el rey Mohamed VI contrariado. Ambos reprobarían este episodio.
Lo sucedido en Marruecos hizo recordar a diversos periodistas las anomalías sucedidas en el Mundial de Argentina de 1978. Deportivamente se aludió a la sospecha de soborno del equipo peruano. La anécdota ha sido repetida muchas veces: para pasar a la siguiente fase eliminatoria, los argentinos debían ganar con una ventaja de 4 goles a Perú que ya no tenía ninguna posibilidad de seguir en el torneo. Los locales obtuvieron una victoria de 6 a 0. Se dice que tal resultado fue pactado en las más altas esferas políticas.
Marruecos ansiaba esa copa africana. Era su mejor carta rumbo al Mundial de 2030 que organizará junto con España y Portugal. Es el país que tiene la peor reputación: organizaciones de derechos humanos denuncian detenciones arbitrarias, tortura, persecución de periodistas, desigualdad de género y penalización de las relaciones entre personas del mismo sexo. Marruecos, además, reclama la soberanía sobre el territorio del Sáhara Occidental que controla en un 80% y donde reprime con dureza los esfuerzos independentistas; amén de la documentada represión contra migrantes y refugiados.
La designación como sede mundialista a Marruecos se anunció en diciembre de 2024, casi un año después del terremoto que azotó la región del Alto Atlas que causó muerte y destrucción en tierras marroquíes. Entonces, pobladores denunciaban que la reconstrucción de sus viviendas había quedado en el olvido, mientras que el estadio Mulay Abdalá de Rabat había sido reconstruido en tiempo récord de 24 meses para cumplir con los mandatos de la FIFA.
La sombra sobre los mundiales se extiende así hasta 2030. El sportwashing parece imparable, pero quizá toque fondo con Infantino al frente de la FIFA. Respalda, premia y halaga a un presidente cuya popularidad se desploma y cuyo gobierno en año mundialista ha vetado la entrada a Estados Unidos a 75 naciones. Asimismo, es parte de una administración deportiva que está arrebatando al ciudadano de a pie la alegría del fútbol en tiempos de crisis. Ver el campeonato de 2026 costará al espectador una fortuna si asiste a los estadios; se exige un pago si se quiere ver en casa e, incluso, ya se han fijado tarifas en las plazas públicas.
El despojo de las toallas bajo la lluvia.




