La frase de Carlos Marx de que las tragedias de la historia se repiten como comedias no funciona en este caso. Probablemente porque los pueblos aprenden y porque el sistema que nos oprime está en su fase crítica o, seguramente, por una amalgama entre ambas. Lo cierto es que la especulación y la cultura de la muerte que exuda el capitalismo es hoy más evidente que nunca, y las personas ya no están dispuestas a dejarse.
En 1978 se realizó el Mundial de Fútbol en una Argentina donde la dictadura militar de Jorge Rafael Videla llevaba dos años desapareciendo opositores, ya fueran miembros de grupos armados, obreros o intelectuales. Lo cierto es que a esas alturas ya eran miles los desaparecidos, pero existían las Madres de Plaza de Mayo, que comenzaron sus rondas un año antes, y rechazaban la celebración del campeonato.
Para el régimen, el Mundial era una vitrina en la que exponer la “paz y normalidad” que según decían vivía el país. Las Madres utilizaron el evento para romper el cerco mediático impuesto por la dictadura y aprovecharon la presencia de la prensa internacional para romper el estado de sitio. El impacto producido por las denuncias de Madres, fue tan potente que organizaciones internacionales organizaron colectas que les permitieron comprar su primera sede.
En la ceremonia inaugural Videla ensayó un discurso que buscaba encubrir la realidad: “Pido a Dios nuestro señor que este evento sea realmente una contribución para afirmar la paz”. Pero muchos periodistas acudieron a la Plaza de Mayo para entrevistar a las madres, en reportajes que recorrieron el mundo y, muy en particular, Europa y Holanda. Por lo menos dos jugadores holandeses, que perdieron la final con Argentina, visitaron a las Madres en la plaza, ya que fue la selección con mayor conciencia de lo que estaba sucediendo.
Lo cierto es que Madres consiguió romper el cerco y difundir en el mundo la verdadera cara del régimen, y colocar en la agenda la cuestión de los derechos humanos. Puede decirse que para la dictadura el Mundial fue una derrota contundente, al punto que al año siguiente lanzaron una campaña bajo el lema “los argentinos somos derechos y humanos”.
En 2014 el Mundial se realizo en Brasil y estuvo jalonado por masivas protestas bajo el lema “No a la Copa”. Las obras en aeropuertos, carreteras y estadios fueron rechazadas por sectores sociales que comprendieron que el Mundial, es parte de la especulación urbana que sólo beneficia a un puñado de grandes empresas. El gobierno progresista de Dilma Rousseff, inauguró la táctica del encapsulamiento de los manifestantes (kettling), encerrando multitudes durante horas, como si fueran ganado, siendo la primera vez que se utilizó en países del sur global.
Las protestas contra el Mundial estaban influenciadas por las enormes movilizaciones de junio de 2013, cuando unas 20 millones de personas ganaron las calles en 340 ciudades, rechazando la desigualdad y denunciando la falta de reformas estructurales de los tres gobiernos del Partido de los Trabajadores de Lula da Silva. Lo cierto es que los opositores al Mundial consiguieron desnudar la imposición de una legislación propia por parte de la FIFA, que obligó al gobierno a promulgar la Ley General de la Copa Mundial, en 2012, que prohibió las manifestaciones que no contribuyeran al carácter “festivo y amistoso” del evento.
Uno de los cambios más importantes que generan las copas del mundo, es la transformación de los estadios. El estadio de Maracaná fue inaugurado en 1950 para el Mundial que ganó Uruguay, albergando hasta 200 mil personas, la mayor parte de ellas en las gradas populares. Los datos que aporta Gustavo Mehl, del Comité Popular de la Copa, sobre la transformación de los estadios son elocuentes. “En la final de 1950, la entrada equivalía a un poco más de 2% del salario mínimo de aquella época. En la final de hoy (2014), el boleto más barato sale 330 reales que corresponden a 50% del salario mínimo”, señala en un artículo publicado en El Comercio.
De aquellos 200 mil asientos la capacidad se redujo hasta 73 mil espectadores, abrieron salas VIP y rampas para que los ricos lleguen a sus espacios sin relacionarse con las demás personas. Los extranjeros pagaron 90 dólares para los partidos de la fase de grupos y 990 dólares para la final (17 mil pesos mexicanos).
El deporte más popular del mundo se ha convertido en elitista, con jugadores millonarios y espectadores que pueden pagar entradas muy caras. La FIFA consiguió expulsar a los sectores populares de los estadios, ninguneando que fueron ellos los que hicieron del futbol un deporte ampliamente reconocido en todo el mundo.
Días atrás, recorriendo el plantón de la CNTE en el Zócalo de Ciudad de México, el antimonumento instalado en homenaje de los periodistas asesinados, y las actividades de Madres Buscadoras en la Glorieta de las y los Desaparecidos, parece evidente que un sector de la población rechaza el “Mundial del capital”. Sabe que mientras esté rodando el balón, seguirán asesinando mujeres y desapareciendo hijos e hijas.




