Hay frases que permanecen en el tiempo como verdaderas, aunque no lo sean. Surgen en contextos particulares para explicar situaciones concretas y se convierten en mitos. En el futbol esto es cierto para un dicho surgido en el marco del campeonato mundial de Italia 1990. Nació de una derrota: la sufrida por Inglaterra contra Alemania en el partido de la semifinal y en ronda de penales. La pronunció Garry Lineker, estrella del futbol inglés devenido en locutor.
“El fútbol es un juego simple; 22 hombres persiguen un balón durante 90 minutos y al final, los alemanes siempre ganan”.
Sin importar el país, estas palabras son recordadas en cualquier evento futbolístico que sume a los alemanes. Sin embargo, la frase contraviene, en gran medida, la historia del balompié alemán. Pero, sin duda, es un buen punto de partida para reflexionar sobre cómo el nacionalismo expresado desde el deporte es complejo, cambiante y contradictorio. Se nutre de sentencias esencialistas que suelen estar basadas en supuestos construidos en el tiempo.
Durante la primera mitad del siglo XX, el futbol en Alemania tuvo un desarrollo relativamente rápido: contó con una asociación desde 1900 y para antes del inicio de la Primera Guerra Mundial contaba con casi 200 mil miembros. No obstante, aún estaba muy lejos de ser el deporte más popular del país. De hecho, era ridiculizado en diversos sectores sociales junto con otras actividades deportivas que se percibían como ajenas a la cultura física alemana.
La gimnasia, conocida como turnen, era la actividad que gozaba de mayor notoriedad desde el siglo XIX, y era común que en los círculos gimnásticos se hablara del futbol como “una enfermedad inglesa”. El inicio de la Primera Guerra Mundial sólo ayudó a exaltar narrativas esencialistas. Así, la propaganda británica solía repetir que el salvajismo alemán era producto de una carencia: su poca práctica deportiva. Ello, evidentemente, exaltaba el deporte competitivo como una práctica que creaba hombres superiores y, en última instancia, explicaba su triunfo en el conflicto bélico.
Del lado alemán, en tanto, eran comunes las burlas hacia el deportivismo anglosajón. Un hecho ejemplifica estos sentimientos de rechazo: un comandante alemán castigó a cinco prisioneros de guerra británicos luego de que los viera jugando futbol.
En principio, un juego desenfocado
En efecto, en las primeras décadas del siglo XX, las diferencias entre naciones también se expresaban a través de las prácticas físicas que impulsaban. Es evidente que se trataba de una narrativa construida para la exaltación de unos y la denigración de otros. La idea que las actividades físicas permitían mostrar los cuadros vivos de la nación se había naturalizado.
Al finalizar la Primera Guerra Mundial, las potencias triunfantes organizaron lo que llamaron los “juegos olímpicos militares”. Un ejercicio celebratorio que ubicó en el centro a los deportes anglosajones. En Alemania, la derrota militar ocasionó críticas sobre la preparación física de los jóvenes y el régimen del Weimer dedicó esfuerzos a fortalecer y expandir el deporte, incluido el futbol.
Al final de la década de 1920, los miembros de la asociación alemana de balompié sumaban casi 700 mil integrantes. Ello, sin embargo, no se tradujo en grandes logros competitivos internacionales. En el futbol no habían sido una potencia y tardarían aún décadas en lograrlo. Los Juegos Olímpicos, que habían funcionado como campeonato mundial de futbol de 1900 a 1928, nunca incluyeron a alemanes entre los tres primeros lugares.
Una referencia es obligada: al único partido de balompié al que asistió Adolf Hitler fue en el marco de las justas olímpicas de Berlín 1936. En esa ocasión, vio perder a los alemanes frente a los noruegos 2 a 0 en cuartos de final.
Antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el mejor resultado de Alemania en los recién iniciados campeonatos mundialistas fue un cuarto lugar en Francia 1934. En síntesis, no habían ganado nada.
Limpiar el pasado nazi
Durante el Tercer Reich, todas las actividades deportivas se nazificaron. Pasaron a formar parte de las herramientas propagandísticas del régimen y el futbol no fue la excepción. Al final del conflicto bélico, los alemanes fueron expulsados de la FIFA y del Comité Olímpico Internacional para regresar en la década de 1950.
En esos años, las asociaciones deportivas alemanas tuvieron que emprender una tarea: confrontarse con su pasado. Algunos guardaron silencio, otros emprendieron una estrategia muy extendida: presentarse como víctimas de los nazis. Es el caso de Siegfried Herrmann, presidente del FC Bayern Munich, y quien en el régimen nacionalsocialista planeó conformar un club compuesto por arios. Este hombre era un conocido opositor a la República del Weimer y una persona de confianza del ministro del Interior nazi, Heinrich Himmler.
Sus esfuerzos se centraron en mostrarse como un opositor del nacionalsocialismo que, con dignidad, había defendido a su club. Si bien es cierto que hacia 1935 contaban con integrantes judíos, también lo es que tomó la decisión temprana de adaptarse voluntariamente a la “cuestión aria”. Es decir, a expulsar judíos. Una medida que no fue obligatoria sino hasta 1940. Estudios recientes han cuestionado esa narrativa de resistencia y probado que sólo fueron parte de una estrategia de supervivencia.
El primer gran triunfo
Tras la guerra, Alemania estaba dividida en dos: la oriental que ingresó a la esfera del bloque soviético y la occidental, parte del bloque capitalista. Con su pasado y sus divisiones, los alemanes debieron gestar una identidad y eso incluyó el nacionalismo deportivo. En ese contexto, los alemanes occidentales logran su primer campeonato del mundo, Suiza 1954. Ahí sucedió lo que se llamó el milagro de Berna: luego de ir 2 goles abajo, logran ganar por 3 anotaciones a la favorita Hungría.
El equipo triunfador regresó en tren y fue recibido por decenas de miles de personas. La retórica que se echó a andar fue la del paso glorioso de los monarcas bávaros a su arribo en tren. Habían nacido los “reyes alemanes del futbol”. El haber llegado a la final había multiplicado la venta de televisores. Quienes han estudiado este episodio refieren cómo un partido había creado una momentánea comunidad entre los alemanes. Un hecho que fue etiquetado como el nacimiento espiritual de la República Federal Alemana. Los alemanes necesitaban una alegría.
Sin embargo, tal sentimiento fue efímero. Las emociones se apagaron pronto. Hoy se cuestiona la solidez de ese mito fundador producto del futbol, aunque sí se reconoce que fue parte del proceso de desnazificación y de mirar hacia adelante.
Los nubarrones del 74
Alemania Federal volvería a ganar un mundial siendo local en 1974. El recuento de ese torneo no es muy glorioso. Se le criticó ampliamente por haber sido una competencia defensiva, escasa de goles. La Bundesliga había sido creada apenas once años atrás y la búsqueda de la sede, a inicios de los sesenta, no contó con un gran apoyo interno. Un hecho que contrastaba con el entusiasmo con el que sí se buscó hospedar los Juegos Olímpicos de Munich 1972.
Llegado el momento de la Copa del Mundo, los anfitriones alemanes cargaban en sus espaldas el triste recuerdo de los atentados terroristas contra la delegación israelí en las justas de Munich. Eran tiempos de vacas flacas en lo económico y eso no animaba a la gente. El juego de arranque enfrentó a las dos Alemanias. Surgió el grito Deutschland, Deutschland en el encuentro, pero los estudios refieren que no hubo despliegues nacionalistas notorios en todo el campeonato.
Otro dato opaca todo recuerdo glorioso: llovió y llovió. Se ha demostrado que las celebraciones fueron modestas y que sólo en Munich se hicieron visibles grandes festejos. De hecho, fueron menores comparados con la fiesta que generó el triunfo del Bayern Munich en la Copa de Europa ese mismo año del 74 o con la algarabía surgida de manera espontánea tras el “milagro de Berna”.
El proceso que continúa…
Tendrían que pasar casi dos décadas más para que el futbol deviniera en Alemania en un deporte que exaltaba masivamente ánimos nacionalistas. Un proceso que inició con otro triunfo: el Mundial de Italia 1990, cuando recién había caído el Muro de Berlín. Alemania volvía a reconstruirse, a gestar una nueva identidad y tratar de cerrar heridas de Guerra Fría. Con el cambio de siglo, el nacionalismo sumó narrativas de inclusión con los alemanes producto de la inmigración visibles en la selección de 2010.
Alemania ganaría otra vez hasta 2014. Hoy, sin embargo, enfrenta a los monstruos del racismo y a la extrema derecha.
Y no, los alemanes no ganan siempre. Ese es un mito inglés.




