Pausa para hidratarse

Foto: Vaso de agua. Créditos: Roger McLassus vía Wikimedia Commons

Notas sobre la copita de la Fifita y el futbolito al que nos hemos acostumbrado

Seguimos una copita del mundialito, organizada por la fifita en los estaditos uniditos de Donald Trump y del ICE. México y Canadá son sedes completamente marginales a los ojos del mundo en este evento global que marca el proceso de americanización del fútbol. Si en los mundiales de Brasil (2014), Sudáfrica (2010) y otros, la FIFA aprobó leyes que le permitían pasar por encima de las propias leyes de los respectivos países, con la pandilla del Norte es diferente.

En las últimas semanas, en nuestros celulares, a través de las redes antisociales de Silicon Valley, hemos visto algunas noticias vergonzosas. Por ejemplo, que al mejor árbitro africano, el somalí Omar Artan, se le impidiera el ingreso a la sede del Mundial debido a las lamentables políticas migratorias del aspirante a dictador local.

Hemos visto a selecciones nacionales, como la de Senegal o la de Uruguay, sometidas a búsquedas humillantes por parte de las autoridades de EEUU. Un país que, además, inició una agresión militar contra Irán hace meses, atacándolo primero con la colaboración de su satélite en el Medio Oriente. Pero no sufrió las mismas sanciones deportivas internacionales que Rusia, inmediatamente después de invadir Ucrania. El propio aliado estadounidense en Asia occidental lleva décadas perpetrando una masacre de palestinos y sigue compitiendo a pesar de algunos boicots puntuales. No existe igualdad de trato. El fútbol debería ser el deporte de la paz y la diversidad, pero eso solo se aplica en algunos casos.

Los EEUU de Trump incluso sancionaron a los atletas iraníes. A pesar de que el fútbol es diverso y acepta las diferencias, la selección persa (compuesta por futbolistas, no por soldados ni agentes del servicio secreto iraní) no pudo pasar la noche en EEUU. Tuvieron que hacer viajes surrealistas de ida y vuelta entre el país donde podían dormir (México) y el país donde debían presentarse (EEUU), lo que trastornó sus preparativos, calentamientos y adaptación al clima, además de estresarlos en las filas de control de los aeropuertos antes de los incómodos viajes.

También vimos a un infame Gianni Infantino, figura principal de una FIFA desmoronada, prohibir la camiseta de Haití con referencias a la independencia del país, por «mensaje político». Todo muy lamentable. Una ofensa al propio juego, por no hablar de otros aspectos.

«No soy modelo»

Uruguay quedó eliminada en la fase de grupos tras una actuación apagada y errores del eterno portero Muslera. Pero su entrenador, el argentino Marcelo Bielsa, dejó una huella suficiente en lo que realmente importa del fútbol: el fútbol mismo.

En una sesión oficial de fotos del megaevento de la FIFA, «el loco» Bielsa, que de loco no tiene nada, fue fotografiado con la cabeza gacha. Cuando los periodistas le preguntaron por esa pose inusual, dio una respuesta sencilla y sincera, pero que sonó como una afrenta aunque no lo fuera: «No soy modelo», «hay cosas que no necesitan explicación».

Sí, damas y caballeros, la vida es más sencilla que el torbellino de luces artificiales al que nos hemos acostumbrado. Y en un mundo completamente enloquecido, el apodo de «loco» termina otorgándose a quien muestra algo de sensatez.

Bielsa tiene una trayectoria increíble en el fútbol, pero decepcionó en este Mundial. Aunque Uruguay no figuraba entre los favoritos, se esperaba un poco más de la Celeste Olímpica. «El Loco» también nunca intentó ocultar que odia todo lo relacionado con este Mundial. Su discurso va a contracorriente.

El «menino» Neymar

Créanlo, lectores no brasileños: a Neymar todavía se le trata en Brasil como a un «niño» (menino), y la CBF (Confederación Brasileña de Fútbol) aparentemente es su «País de Nunca Jamás», donde se le permite no madurar —y aquí no me refiero a sus problemas matrimoniales ni a sus opiniones políticas, sino al fútbol.

Hay todo un grupo de periodistas deportivos y comunicadores de Internet brasileños que se esfuerzan por mostrar reverencia y adulación al «atleta» que desde hace dos o tres temporadas no presenta una racha digna de buenos partidos.

Después de ganarse la antipatía de los aficionados del París Saint-Germain, Neymar pasó una temporada en la liga saudita y luego regresó al Santos, el club donde se formó, en 2025. Este es también el club de Pelé, el futbolista más grande de la historia. En el apogeo de la selección brasileña, allá por los años 60, se decía que Brasil emulaba al equipo del Santos. Hoy, el Peixe (apodo del club costero) ve cómo sus finanzas se ven mermadas por los altísimos contratos de Neymar, quien aporta poco en la cancha, y lucha por evitar el descenso en el Brasileirão.

Aunque en los últimos años no haya tenido gran éxito, el «niño» tiene talento. No es casualidad que cuente con un sinfín de premios y récords individuales a lo largo de su carrera, especialmente en la selección brasileña. Sin embargo, faltan los premios colectivos que la selección siempre tuvo y que hace tiempo que no vislumbra. Al fin y al cabo, incluso con la americanización, el fútbol sigue siendo un deporte colectivo.

Esta dicotomía neymariana es la base del fútbol actual. Cuando los premios individuales importan más, el futbolista se convierte en influencer o popstar. Con lo colectivo en un segundo plano, también quedan en segundo plano el sentido de pertenencia, el amor por la camiseta y el deseo de construir algo que no da resultados inmediatos.

¿Qué vale más al final de cuentas: una jugada espectacular que finalmente salió bien y que se reproducirá infinitas veces en las redes, o la búsqueda incierta de un título que tal vez nunca llegue y termine en una derrota histórica? Si el criterio es el entrenamiento mediático o los planes de carrera del fútbol actual, creo que la respuesta es fácil.

No es casualidad que Neymar se adelantara a su convocatoria en las redes antisociales, pasándose por encima del propio Carlo Ancelotti y de la CBF para, tras el anuncio oficial, compartir una serie de anuncios de casas de apuestas digitales conocidas en Brasil como «Bets», mientras era felicitado por atletas, dirigentes y periodistas que, al parecer, hace tiempo que ya no miran los partidos.

Pausa para hidratarse

En un momento de la historia en el que los centros de atención al cliente y la inteligencia artificial de Silicon Valley consumen nuestra agua, ahora la FIFA impone la llamada «pausa para hidratarse» a mitad de cada tiempo. La medida ha generado una serie de polémicas deportivas. Hay quienes señalan la importancia de hidratarse, hay quienes dicen que la interrupción del ritmo de los jugadores puede perjudicar el partido y causar lesiones. No vamos a hablar de eso, sino del efecto en nosotros mismos, los simples mortales que aún amamos el fútbol.

Si antes teníamos un descanso deportivo de 15 minutos entre las dos mitades, ahora el partido cuenta con dos descansos más, de pocos minutos, es cierto, pero de carácter estrictamente comercial.

Los jugadores beben el agua que ya bebían mientras el partido está en marcha y tú, aficionado y producto al mismo tiempo, serás bombardeado por los anuncios de los socios del evento o del canal de transmisión por el que estás viendo el partido. En el caso de Brasil, esto les vino muy bien a las «Bets», responsables de un endeudamiento reciente y específico de la población, así como de la financiación reciente y específica del fútbol brasileño.

Todos los clubes del Brasileirão están patrocinados por alguna «Bet». CazéTV, el canal de YouTube que desbancó a la poderosa TV Globo en la transmisión del Mundial, ahora es investigado por las autoridades por supuestamente orientar a sus comentaristas a fomentar las apuestas de sus patrocinadores. En la sociedad, surgen noticias de familias que se declaran en quiebra, apostadores que se suicidan y expertos que afirman que la adicción a las apuestas deportivas puede convertirse en una enfermedad. Cada uno de nosotros conoce ejemplos vivos de esta nueva epidemia.

Pero en un mundo cada vez más enloquecido, donde el fútbol, los salarios y la vida misma valen cada vez menos, las personas terminan más vulnerables a las promesas vacías de ganancias fáciles, como las de las casas de apuestas. Sobre todo cuando el argumento principal señala que esas ganancias podrían convertirse en ingreso regular.

Esto genera dos efectos: el primero hace que el consumidor de «Bets» se mantenga conectado sin interrupción —sin ni siquiera una pausa para hidratarse— a los contenidos relacionados con las apuestas; el segundo, durante el partido, viene acompañado de comentarios sobre las «cuotas» del día. «¡La remontada está dando mucho, es el momento!» Y así se arma la trampa de las «Bets», que se enriquecen a sí mismas y a los influencers que usan su imagen pública para vender ese «sueño».

La palabra «pausa», que antes sugería un respiro, algo contemplativo o reflexivo, ahora es la señal para un consumo aún más acelerado. Hay tantas «cuotas» que calcular que lo que menos importa es el partido. Todos salimos derrotados.

Fútbol de pacotilla

El fútbol que aprendimos a amar se ha convertido en esto. No es que hubiera un pasado idílico o romántico en el que el fútbol estuviera fuera de los marcos de la industria alocada del capitalismo. Pero sí había, de hecho, una lucha en torno a eso. Había gente, pueblo, libertad en las gradas.

Me encanta el fútbol y me apasiona el Mundial. Como buen fanático del Palmeiras, estoy deseando que Endrick y Danilo Santos traigan el sexto título mundial a Brasil. No es fácil escribir estas palabras. Tengo una conexión emocional con el Mundial. Durante los años 90, me pasaba todo el año pensando en el Mundial con los álbumes de cromos. Eran muy accesibles. Hoy, para completar esta edición, un niño necesita gastar el equivalente a un par de meses de salario de sus padres, probablemente trabajadores en condiciones precarias. El fútbol nos hace sonreír desde pequeños, y seguirá haciéndonos sonreír. Pero cada vez cuesta más caro.

Además, como ya mencionamos, genera cada vez menos sentido de pertenencia, amistades y lazos comunitarios. Los clubes populares de todo el mundo se enorgullecen de haber construido sus propios estadios con el esfuerzo de su gente en sus territorios y barrios. Hoy se ha distorcido la situación.

Así como las pausas para hidratarse ilustran cierta distorsión de prioridades y el «niño Neymar» la ejemplifica, los nuevos estadios marcan una disroción social y territorial en el fútbol. Ahora, las nuevas arenas se imponen a la fuerza, con golpes, policía, disparos, desapariciones, especulación y desalojos, a la fuerza a las comunidades.

Todo importa, menos el fútbol y su gente: ahí está la americanización de nuestro deporte. ¡El balón puede detenerse, pero el consumo desenfrenado no! A quienes nos importa es a nosotros, los aficionados. Los y las hinchas.

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