Compañeros, cuidado con…

CCCP fue el acrónimo que distinguió en el mundo a la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y que se popularizó gracias a que estaba inscrito en las playeras que usaba la selección de futbol y sus deportistas más notables. En el Mundial varonil de México 70, los aficionados mexicanos les dieron múltiples significados a tales iniciales. ¿Qué significa? Preguntaba alguien para pronto contestar sin esperar respuesta de su interlocutor: Compañeros Cuidado Con Pelé.

La ocurrencia popular que rendía homenaje al jugador más destacado de ese tiempo también develaba otro hecho: lo incómoda que resultaba la participación de la Rusia soviética en competencias internacionales. En efecto, el liderazgo deportivo de esta nación generaba admiración y críticas. El espectro político en el que cada persona se ubicara determinaba los juicios. Para nadie era un secreto que detrás de los triunfos rusos estaba una pugna mayor, la de la Guerra Fría que enfrentó a comunismo vs capitalismo durante la segunda mitad del siglo XX.

CCCP, letras del alfabeto cirílico Союз Советских Социалистических Республик para referir a la URSS (Soyuz Soviétskikh Sotsialistícheskikh Respúblik) parecían formar parte del enigma ruso. Durante décadas, el país había permanecido ajeno a los Juegos Olímpicos y los Mundiales de futbol. Su relevante papel en la derrota de la Alemania nazi en 1945 fue lo que permitió su reingreso al escenario deportivo internacional. Así, a partir de la década de 1950 se hizo visible con triunfos sobre sus pares occidentales del bloque capitalista.

El futbol no fue la excepción: la selección ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Melbourne 1956 y obtuvo el triunfo en la primera Eurocopa que se disputó en 1960. En el ámbito mundialista, su mejor récord ha sido el cuarto lugar en Londres 1966; y en el olímpico otra medalla de oro (1988) y tres bronces (1972, 1976, 1980).

Rusia en el centro

En esos años de notoriedad deportiva empezó a pesar una acusación sobre los rusos: el dopaje. Tal sombra los ha acompañado hasta este primer cuarto del siglo XXI cuando se denunció la sistemática política de dopaje dirigida por el Estado. Escándalo que ocasionó la salida del deporte ruso del ámbito internacional. Así, el balance sobre su desempeño no ha sido ecuánime. La ponderación nunca ha sido fácil con Rusia ni en los deportes.

En su defensa, los rusos han alegado que se trata de una propaganda negra de Occidente. Viejas narrativas que se adaptan a nuevas circunstancias

Su ausencia en este mundial de 2026 da mucho de qué hablar. Sobre todo, porque en esta centuria han sido protagonistas de primer orden como organizadores de los Juegos Olímpicos invernales, Sochi 2014, y el Mundial de futbol en 2018. La obtención de ambas sedes fue resultado de un cuidadoso trabajo diplomático. No ha sido un secreto para nadie que, bajo la dirigencia del presidente Vladimir Putin, los rusos establecieron sólidas relaciones con los máximos rectores del deporte global y se incrustaron en la Federación de Futbol Asociación (FIFA) y en el Comité Olímpico Internacional (COI).

El funcionario más notorio ha sido Vitaly Mutko, el hombre encargado de dirigir el futbol ruso en este siglo y la política deportiva del país como ministro del ramo. Su cercanía a Putin es de todos conocida, así como el hecho que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, defendió su lugar como parte del consejo de la asociación (2009-2017) a pesar de las críticas que pesaban sobre Mutko. Este hombre fue central para obtener la sede mundialista rusa y también uno de los acusados por orquestar la política de dopaje de los atletas olímpicos de su país.

Las presiones obligaron a Mutko no sólo a dejar la FIFA sino también su papel de director del Comité Organizador del Mundial 2018. Así, antes de que tuviera lugar el campeonato de futbol los claroscuros saltaban a la vista. Por otro lado, todas las variables que pueden afectar a una sede estuvieron en juego: gasto millonario y crisis económica; discursos democratizadores y violación de derechos humanos; retórica pacifista y conflictos internacionales.

Los males parecían ser de origen. Nacieron en 2010 cuando la FIFA hizo el doble anuncio de Rusia y Catar como anfitriones de las ediciones mundialistas de 2018 y 2022. Muy pronto, los rumores se esparcieron: los integrantes de la FIFA dieron votos a favor para la sede rusa a cambio de contratos de gas y obras de arte. Una mancha negra que se expandió como derrame de crudo: contaminó y es difícil limpiar.

El capitalismo tardío en un palco

Contra todo obstáculo, el mundial llegó y Rusia exhibió en once ciudades una capacidad de organización muy eficiente, bellos escenarios y orden. Sin embargo, los escándalos no pararon. La inauguración generó un cúmulo de reseñas en las que el doble sentido fue notorio. Uno de los mundiales más politizados a escala global y que tuvo en el centro las críticas contra el gobierno de Vladimir Putin.

El descontento contra su régimen era ya visible desde años atrás, como lo fue la represión con la que se trató a críticos y disidentes. Un hecho fue contundente: no se permitieron las protestas ni la víspera ni durante el Mundial.

El día de la inauguración, el gobierno ruso anunció una reforma a las pensiones que elevaba la edad de la jubilación. Se habían gastado millones de dólares para el mundial, pero el dinero para pagar a pensionados escaseaba. En un marco de estricta vigilancia, las movilizaciones de trabajadores fueron imposibles.

Ese día, Putin estaba en plan de anfitrión y asistió al estadio de Luzhniki en Moscú para presidir la ceremonia inaugural y ver el primer partido que enfrentó a Rusia contra Arabia Saudita con un triunfo local de 5 goles a 0. La imagen que queda congelada está lejos de la portería; se ubica en el palco principal ocupado por Vladimir Putin, a su derecha Gianni Infantino, seguido por el príncipe saudí Mohammed bin Salman.

La crónica del Asia Times, por ejemplo, no se guardó ningún doble sentido. “Todo empezó como una crisis de petróleo. Después de todo, Rusia y Arabia Saudita están a punto de decidir qué pasa en cuanto a los precios en los mercados globales de energía,” sentenció el periodista Pepe Escobar.

La geopolítica sintetizada. En el palco estaba sentado el capitalismo tardío: los oligarcas de las gaseras y las petroleras; los servicios secretos; los artífices del populismo de derecha; los creadores de la manipulación tecno-política y los ciber ataques.

El mundial estaba en el centro de un entramado que bien puede inspirar películas y series de suspenso político, aun cuando a Vladimir Putin no le guste el balompié.

Propaganda y fútbol

Mucho se habla de cómo el régimen de Putin ha buscado recuperar la gloria rusa y el papel central del deporte para tal fin. Aunque en principio, los revolucionarios soviéticos rechazaron el deporte competitivo por considerarlo burgués, para la década de 1930 admitieron que éste también tenía un valor pedagógico y comunitario. Fue entonces que el futbol volvió a florecer y nacieron las historias heroicas y de horror: futbolistas populares que terminaban en el gulag. A Stalin tampoco le gustaba el balompié, pero supo admitir su relevancia.

En la era soviética había conciencia de que el deporte era un arma de propaganda interna e internacional del régimen y, por tanto, para los ciudadanos de a pie generaba sentimientos encontrados. Sin embargo, el futbol ocupó un lugar especial al ser considerado el juego del pueblo.

En los estadios de futbol había vigilancia y camaradería. Durante décadas, el equipo Spartak fue apoyado con un sentido de resistencia, particularmente frente al Dinamo de Moscú creado por la policía secreta. Sus simpatizantes no aspiraban a derrocar al régimen; al seguirlo y aplaudirlo los seguidores externaban sus malestares cotidianos que, no pocas veces, incluían críticas hacia su gobierno. Sus triunfos locales y en Europa nutrieron a su afición que transitó a la Rusia del siglo XXI.

El Spartak tuvo su primera era de oro en los cincuenta: ganó la liga rusa y sus jugadores integraron la selección que obtuvo las primeras victorias internacionales. Hasta la caída del régimen soviético, sus partidos constituyeron un espectáculo que salía de la lógica de control del régimen.

Referir al Spartak sirve para mostrar que en lo local el Mundial de 2018 fue un episodio más de esa relación de larga duración de los rusos con el futbol y la manipulación del Estado. En última instancia, fue parte de ese novelón ruso que es complejo, dinámico y difícil de categorizar.

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