El espectáculo del balón en medio del dolor y el despojo

Foto: Gerardo Magallón

La inminente realización del Mundial en México tiene un tenor tan abiertamente capitalista que se celebra no en una región geográfica sino en una región del libre mercado. Es un espectáculo y a su vez una oda a la hipocresía, la corrupción y el descaro, que esconde, a un costado de estadios regenteados por una de las organizaciones más ricas, corruptas y poderosas como es la FIFA, cuerpos que manifiestan el funcionamiento de un sistema criminal.

Se ha configurado un estadio de la atrocidad en el que hay quienes sentado/as contemplan el dolor y subastan la sangre. Así, México, a unas semanas del Mundial, se llena de historias de poder criminal que son ocultadas, silenciadas, escondidas, tal como se hace con los cuerpos en las fosas que guardan historias de silenciamiento de la vida.

Los sectores de la población que más padecen los efectos del fortalecimiento del Estado criminal capitalista mexicano son los pueblos originarios y las madres buscadoras, que representan un sector que crece exponencialmente, con la cifra de desaparición cotidiana que se ubica en un promedio de 40 desapariciones al día.

El incansable y doliente camino de las madres buscadoras, al buscar en la tierra con sus propias manos, ha exhibido una práctica estatal basada en esconder; la práctica política que se alimenta del crimen, se hace posible por el borramiento de las huellas de un negocio altamente lucrativo que desecha cuerpos y gana con ello, y está detrás de esta crisis humanitaria que se sostiene en estructuras poderosas que operan entre la legalidad y la ilegalidad. Cuando las madres dicen “mientras adentro celebran afuera lloramos”, interpelan a la sociedad, a quienes sin querer cerrar los ojos quizás lo hemos hecho, a quienes sin querer dejar de mirar y sentir quizás lo hemos hecho, tragándonos la historia de que mientras no nos pase, no nos afecta.

Por otro lado, la ofensiva del poder contra los pueblos, que se ha intensificado en los últimos meses a lo largo de todo México, exhibe el agotamiento de un modo de hacer política que solo administra el capitalismo y fortalece la política clientelar mexicana.

Lo que documentó la Misión Civil de Observación a la Montaña Baja de Guerrero en días pasados, fue la materialización del exterminio y la cristalización de una red criminal de desprecio por la vida y los pueblos, un ataque sistemático contra el territorio, un atentado contra los pueblos originarios que resisten con autonomía.

La estrategia de despoblamiento y ocupación de territorios denunciada por la Misión Civil de Observación también se puede ver manifestada en las agresiones recientes a Santa María Ostula, que a partir de la denuncias, demuestra la actuación cómplice entre redes de poder legales e ilegales que dan evidencia de que el Estado mexicano se beneficia con la violencia y el despojo.

En el contexto de guerra recrudecido en semanas recientes se puede ver que la exigencia de sumisión, llevada a cabo públicamente por autoridades estatales en diversos rincones del país, manifiesta el desprecio que la clase política tiene por los pueblos, sobre todo si son rebeldes. Tras las exigencias de sumisión viene la guerra, pues el mensaje, que es muy claro en la 4T, es que los pueblos callados son premiados, los pueblos rebeldes son despojados y la organización digna y autónoma es perseguida.

La rutinización y generalización de prácticas ecocidas y etnocidas motivada por un fuerte racismo ambiental y un profundo desprecio por los pueblos autónomos, está implicando procesos de legalización del despojo e instrumentalización de la política narca para despejar el territorio. Así esas lógicas de exterminio movilizan fuerzas criminales ilegales para despejar el territorio, que con la legalización de ecocicios y etnocicidos dejan sin armas legales a los pueblos y movimientos de resistencia.

La sensación que dejan éstas prácticas estatales de inicio puede ser de un dejar hacer, de una omisión rutinaria, pero ese no hacer es más afirmativo de lo que parece, es en sí un acto que posibilita el funcionamiento criminal, lo encubre, solapa y garantiza en un circuito de actos criminales que generan ganancias. En el fondo de esa dinámica, en la que está el sistema criminal capitalista, yace la lógica de la guerra contra todo y todo/as, no solo porque estorban, no solo porque sus territorios están proyectados en un plan de despojo, reordenamiento y explotación de recursos, sino porque los cuerpos, las vidas, cuando no son mercancía, estorban.

En ese paisaje de guerra, de intensificación de la violencia y la represión, se prepara un escenario en el que la población no existe, así como se han tratado de arrancar las fichas de búsqueda de calles y muros, se han intentado limpiar las ciudades sede del Mundial, pero la indignación, los balones con la forma del enemigo público #1 (Trump) ruedan por las calles que lo sacan de estadios y lo llevan a las calles convirtiéndolo en una bocina para gritar Basta.

Así las cascaritas han abierto campos de juego en los que el desprecio se suple por compañerismo, la competencia por reconocimiento, el negocio por lucha y la afición por disfrute compartido y colectivizado. Las otras imágenes del Mundial, de esa otra ventana que se abre, muestran una añoranza: que los pueblos corran al son de un ritmo que por un momento quizás borre las prácticas que nos han acabado, que nos duelen y paralizan, por unas en las que el poder deja de dictar nuestros pasos, nuestras patadas, nuestro sudor y lágrimas.

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